Al abrir la puerta al nuevo año  que Dios dueño del tiempo nos regala,  reconocemos como dice la Palabra “de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia”. A veces cuando llaman a la puerta, uno puede pensar: '¿Quién será? Es mejor  no abrir a quien llama porque no lo conoces, puede ser un ladrón que me robe', o puede pensar: 'puede ser un amigo que me trae un regalo'.


En  todo caso, es una oportunidad que se puede aprovechar o perder. Dios, que es dueño del tiempo, te trae un nuevo año con 365 días, como el año que pasó, lleno cada día de oportunidad que tú puedes convertir en esperanzas hechas realidad, proyectos y deseos realizados, ilusiones cumplidas; puedes hacer tanto bien a los demás, tantos aguardarán que tú puedas acoger la oportunidad que Dios te da. No cierres tu puerta al tiempo de Dios, abre tu puerta a la esperanza y al amor, a la paz y a la alegría. Hay muchos que necesitan tu amor, muchos que esperan que tú trasformes su tristeza en alegría, su guerra en paz.


Como dice el apóstol, “sea que guardemos esta casa o la perdamos, lo único que nos importa es agradar al Señor" (2Cor 5,9). ¿Qué es lo que agrada al Señor? Cumplir su voluntad. El que ama no peca y Dios es amor. Cuando hacemos las cosas con amor, las hacemos con Dios. ”El amor de Cristo nos urge” (2Cor 5,15).


Al comenzar este año deseamos a los otros con nuestras palabras “Feliz año nuevo”. ¿Dónde está la novedad? Cuando estamos estrenando un año nuevo, ¿cómo ser hombres nuevos? Porque a esto nos llama el Señor a ser hombres nuevos: “el que está en Cristo es una criatura nueva. Para él lo antiguo ha pasado, un mundo nuevo ha llegado” (2Cor 5,17).


                “Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres enseñándoles a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, a llevar ya desde ahora una vida sobria honrada y religiosa” (Tito 2,11ss). Toda esta invitación del apóstol es una llamada al cambio profundo y radical  en nuestro corazón, en nuestras actitudes torcidas llenas quizá de egoísmo, ambición, poniendo los ojos en las cosas terrenas y olvidándonos de las espirituales. Actitudes que quizá estén buscando el ego, actitudes de la soberbia, del interés personal, de mi yo olvidándome de los demás.


En esta noche mucha gente quemará muñecos construidos con papel o serrín, ¿qué significa eso? ¿Queremos quemar el mal de los otros y nos olvidamos de quemar lo malo de nosotros  mismos?


Al empezar un nuevo año vayamos con humildad ante el Señor y, reconociendo lo bueno que puso en nuestra mente y en nuestro corazón, démosle gracias por la vida y el tiempo que nos dio, por su amor para con nosotros, por la fe y la esperanza, por tanta oportunidad para hacer el bien a los demás.


A pesar de su gracia, hemos de reconocer que a veces no hicimos lo que él esperaba de nosotros. Seguimos siendo imperfectos, limitados, débiles, y pecamos. Por ello le decimos “perdónanos Señor por no haberte sabido reconocer en tantas oportunidades en que me invitaste a seguirte y no lo hice, quizá he culpado a los demás de mis fracasos  y no corregí mis fallos. Me faltó la humildad y sencillez que tú me enseñaste en esta Navidad.


Nos falta mucho para alcanzar la meta, como dice Pablo: “No creo haber conseguido ya la meta ni me considero perfecto, sino que prosigo mi carrera hasta alcanzar a Cristo Jesús, quien ya me dio alcance… Digo esto: olvidando lo que deje atrás, me lanzo hacia adelante y corro hacia la meta, con miras al premio para el cual Dios nos llamó desde arriba en Cristo Jesús” (Flp 3,12-14).


Por ello seguimos queriendo renovar nuestra vida con la gracia del Señor, no con nuestras propias fuerzas, y pedirle a Dios que seamos dóciles al Espíritu Santo, que nos haga mejores discípulos misioneros de su Hijo Jesús para llevar la buena noticia de su evangelio a todo el mundo.


Ayúdanos, Señor, a saber contemplar tu amor para conmigo más que mi amor mezquino. Ayúdame a valorar el tiempo de oración contigo. A saber escucharte en el silencio.


Ayúdame, Señor, a hacer de tu tiempo que me regalas precio de eternidad sirviendo a los demás antes de servirme a mí mismo. Ayúdame a ser generoso como tú lo has sido conmigo, en especial con los más pobres.


Que el cansancio de los años no sea excusa para amarte más, sabiendo que cada latido de mi corazón sea un latido de amor para ti en mis hermanos.


Gracias por tu presencia cada mañana en el amanecer, por tu presencia en la noche de cada atardecer. Que siempre me ponga en tus manos y hagas de mí, como el barro en manos del alfarero, un vaso nuevo. 

 

Monseñor Rafael Cob García